sábado, 4 de octubre de 2014

Alea iacta est (Explicación)

¿Quién no ha utilizado alguna vez esta expresión bien en latín bien en su traducción española? Para mí que la habré escuchado como cien mil millones de veces en mi vida y, en Google, si a alguien le da por poner en la barrita de búsqueda la frase, se encontrará con una grata sorpresa: casi un millón de resultados.

Es una exclamación que sigue vigente día tras día porque de vez en cuando, también nosotros tenemos que tomar alguna decisión irremediable que, probablemente, cambiará el rumbo de nuestra vida. ¿Pero de dónde viene exactamente? Y más aún, ¿de verdad significa eso?

¿De dónde viene?

Esta sentencia la pronunció todo un clásico de la historia de Roma, Julio César, y fue el historiador Suetonio quien se la atribuye en su libro Vida de los Doce Césares, y no pudo venir más a cuento, dadas las circunstancias.

Hay que imaginarse, en aquel entonces, a un César que había ascendido peldaño a peldaño, cuidando cada traspiés, a la cúspide del poder romano, que era el consulado y había conseguido tumbar el hasta entonces infranqueable poder galo en la batalla de Alesia (52 a.C.).

Esto le concedió a César un poder económico y un prestigio social que rivalizaba con el de su colega en el Primer Triunvirato (60 a.C.-52 a.C.), Pompeyo. ¿Cuál era el problema? Pues que César era un político cuyas ideas tenían más que ver con la facción de los populares, mientras que Pompeyo pertenecía a la de los optimates, más acorde con el Senado. Así pues, si podía rivalizar con Pompeyo, que podemos decir que representaba los designios del Senado, podía desbancar al Senado en sí mismo. 

Para frenar el posible ascenso –sí, aún más- de César, el Senado estimó oportuno comenzar a juzgar los crímenes de corrupción, tráfico de influencias, crueldad y prácticamente de todo tipo que se le achacaban a César cuando finalizara su mandato como cónsul.

Él, muy listo, instó a su colega Marco Celio Rufo para que presentara un proyecto de ley bajo el que pudiera presentarse a las elecciones para su segundo consulado in absentia, es decir, sin entrar en Roma bajo ciudadano particular, y evitar así ser juzgado.

Ni que decir tiene que el Senado se opuso frontalmente a esta medida y Pompeyo, para rematarlo, le instó a que dejara su cargo. Ambos poderes, además, intentaron despojarle también de las legiones a su cargo y su guardia personal, pero no lo consiguieron. 


Al final, el Senado amenazó a César diciéndole que, o dejaba sus legiones, o le nombrarían enemigo público. Contestó con una carta que leyó el por aquel entonces tribuno Marco Antonio el día 1 de enero del 49 a. C. en la que relataba sus muchas proezas y servicios al pueblo romano en un claro intento por hacer retroceder la medida. 

No lo consiguió. Pero, de nuevo, Marco Antonio vetó las intenciones del Senado. Y al final, el organismo tuvo que declarar el estado de emergencia y nombrar a Pompeyo como cónsul único, quitando así del medio a César y todo el poder que había acumulado.

Pero César no se arredró. En vez de acobardarse y retirarse, habló a la legión XIII Gemina y les expuso la situación, preguntándoles si estaban dispuestos a enfrentarse contra el Senado, la propia Roma, y atravesar el río Rubicón con él armados, que suponía la frontera entre la Galia y los dominios de Roma.

Puede parecer que esto no era importante, pero nunca ningún romano antes había entrado en Roma por las armas, ellos serían los primeros. ¡Y esto en una ciudad donde las armas estaban prohibidas! Por supuesto, serían calificados de traidores y, sin duda alguna, se podría iniciar una guerra civil.

Los legionarios dijeron que sí y, el 10 de enero, cuando César recibió la noticia de los poderes de Pompeyo, inició la marcha. Al amanecer, justo a la orilla del río, deteniéndose algunos instantes consumido por la duda, lo dijo por última vez:

- 'Etiam nunc,' inquit, 'regredi possumus; quod si ponticulum transierimus, omnia armis agenda erunt.'

- Ahora todavía dijo- podemos retroceder, porque si cruzamos este puentecillo, todo se tendrá que hacer por las armas.

Pero la fortuita aparición de un hombre tocando la flauta, alegrando los corazones de los solados y otros pastores que acudieron a escucharle, lo decidió a avanzar arrancándole la trompeta a uno de los suyos. Así, tocando él mismo y atravesando a la otra orilla, lanzó la famosa frase:

- Tunc Caesar: 'eatur,' inquit, 'quo deorum ostenta et inimicorum iniquitas vocat. Iacta alea est,' inquit.

- Entonces César dijo: Marchemos a donde nos llaman los signos de los dioses y la iniquidad de los enemigos. La suerte está echada.

Y ahora… ¿Qué significa exactamente?

El sustantivo “alea” en latín significa “dados”, es decir, que lo que se lanzan (“iacta”, participio pasivo del verbo “iaceo”), son los dados, que representan la suerte a través de una metonimia. Por tanto, la traducción más exacta quedaría tal que así: “Se han lanzado los dados”.

No creo que haya que explicar que el juego de los dados, que hoy, con distintas variantes, se juega en todas partes y especialmente en los casinos, era también muy popular en el mundo romano y se asociaba también con el azar.

Hoy en día, como todos sabemos, se hace hincapié en el “punto de no retorno” y representa el dar un paso extremadamente arriesgado que puede traer graves consecuencias.


(Artículo extraído de "Profe de Letras" de Esteban J. Perez Castilla)


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